En lugar de
espacios para la invención y la creatividad, la escuela se concibe como una
fábrica y la universidad como una empresa
En las últimas décadas se ha producido una transformación de las
coordenadas de la enseñanza, tanto primaria y secundaria como universitaria. De
la voluntad de transmitir una cultura conceptualizadora y crítica se ha ido
pasando a una formación pragmática, pensada para ser útil al sistema
productivo. En lugar de ser espacios para la invención y la creatividad, donde
desarrollar el derecho a conocer y la inteligencia social, el colegio se ha
convertido en una fábrica y la universidad, en una empresa. Nos alejamos de un
pasado trazado por magníficos pedagogos. Cataluña fue la tierra de Francesc
Ferrer i Guàrdia, fundador de l'Escola Moderna, Josep Estalella, creador de
l'Institut Escola, Rosa Sensat, primera directora de l'Escola del Bosc, Marta
Mata promotora de l'Associació de Mestres Rosa Sensat, que renovó la pedagogía
en los años sesenta, y muchas otras experiencias que han potenciado métodos
basados en la escuela activa y libre. También en otras épocas ha existido una
arquitectura escolar y universitaria con espacios pensados para las
innovaciones pedagógicas, como las escuelas que en los años sesenta proyectaron
Martorell, Bohigas y Mackay, articuladas entorno a un gran espacio
polifuncional.
Escuelas y universidades deberían ser focos para fomentar el
talento y la creatividad, de donde salieran personajes como Steve Jobs,
cofundador de Apple, Muhammad Yunus, promotor de los microcréditos en
Bangladesh, Vandana Shiva, impulsora de cooperativas agrarias de mujeres, o
muchos otros, como los inventores de diseños innovadores para mejorar las
condiciones de vida de las poblaciones más vulnerables. Debería ser un lugar
para fomentar la inteligencia creadora y colectiva, tal como la ha definido
José Antonio Marina. Es decir, saber pensar para poner en marcha nuevos
procesos para que las personas se relacionen y autoorganicen para mejorar el
mundo.
Sin embargo, hoy se reducen espacios, se recortan los medios, se
suprimen becas, se bajan sueldos, se suben las tarifas de las matrículas,
aumentan los estudiantes por aula, escalamos posiciones en el porcentaje de
abandono escolar y seguimos por debajo de la media de la OCDE según el informe
PISA. Todo ello se produce en un contexto en el que las universidades europeas
se ven obligadas a desarrollar el Espacio Europeo de Enseñanza Superior,
definido por el Plan de Bolonia, con unos recursos económicos muy inferiores a
los previstos.
“La ideología neoliberal tiene uno de sus
principios clave en el control de la educación: el objetivo es fomentar unas
élites, prioritariamente masculinas”
Este adelgazamiento de la educación pública se produce en relación
con el empobrecimiento de las salidas laborales: para los jóvenes hoy las
posibilidades son el subempleo, el paro o la emigración. Y es que la ideología
neoliberal tiene uno de sus principios clave en el control de la educación: el
objetivo es fomentar unas élites, prioritariamente masculinas, para dirigir las
grandes empresas, bancos e instituciones; adoctrinar a unas capas técnicas muy
especializadas, dedicadas a fortalecer el buen funcionamiento de la máquina
capitalista, desde la investigación aplicada, las nuevas tecnologías, la comunicación,
la informática o la publicidad; reducir los sectores dedicados al arte y al
pensamiento, creativos, imaginativos y críticos, a su mínima expresión,
forzándolos a integrarse en las industrias culturales; y mantener un alto
porcentaje, de más de la mitad de la población laboral, con una baja
cualificación, una reserva de currantes disponibles para cualquier trabajo.
Estamos lejos de una situación basada en la responsabilidad de unas clases
técnicas, de ingenieros, arquitectos y diseñadores, poseedores de los
conocimientos y dedicados a una tecnología liberadora y socializante.
Y es en este panorama que se explica la política del ministro
Wert, con la impopular LOMCE: se considera que las escuelas y las universidades
públicas son aún demasiado buenas; tienen aún excelentes profesores, que se
incentiva que se jubilen, eso sí, evitando que sus plazas sirvan para el relevo
generacional; y se fomentan unos estudiantes dóciles y pasivos, profesionales
en el regateo de notas y el mínimo esfuerzo.
Se considera que la universidad no puede ser el lugar de un
pensamiento libre de las presiones del mercado y que ha de homogeneizarse y
españolizarse: existe aún demasiada capacidad crítica en la educación,
especialmente visible entre los niños y niñas catalanes, tan respondones, y
entre el profesorado de las islas Baleares, que reivindica la lengua catalana.
Para ello la receta que se impone es esta involución en la enseñanza, que
intenta desacreditar y romper la cadena esencial del aprendizaje humano en toda
sociedad: la posición activa de los estudiantes y la generosidad de maestros y
maestras, de profesores y profesoras al transmitir el saber y la curiosidad
para leer, investigar, indagar y descubrir el mundo, potenciando una ciudadanía
activa y crítica y reforzando unas mentes que imaginen otras posibilidades. Con
ello no solo se está hipotecando el futuro de unas generaciones, sino el de
todo el país.